Natural y artificial. Dos adjetivos que implican la ausencia o presencia de la mano del hombre acariciando el sustantivo de turno. Así, tendríamos una catástrofe natural cuando ésta se ha producido por acción y efecto de la la fuerza de la naturaleza, ajena, pese a nuestros vanos intentos, al control humano. Por contra, una catástrofe sería artificial cuando es fruto de la acción del hombre. Eso sí, adjetivémosla como queramos pero, a la postre, una catástrofe es una catástrofe: un suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas, nos dice la académica definición de la RAE.
Pero, desde mi punto de vista, existen diferencias. Mientras lo natural es inevitable, lo artificial, por definición, no puede serlo: si no hay actuación humana (que operaría como suceso infausto), no puede haber nada calificado como artificial.
Y del plano teórico bajemos a uno más terrenal, y busquemos un ejemplo: Japón. El terremoto y el tsunami subsiguiente del pasado viernes fueron una catástrofe natural. La posterior crisis nuclear que en estos momentos sufre el país nipón (y sus aun muy inciertas consecuencias) es una catástrofe, sí. Pero artificial. La central nuclear de Fukushima no floreció "naturalmente". Fue fruto de una decisión humana que, después de evaluar los riesgos, se entiende que consideró el salpicar la geografía japonesa de centrales nucleares como un riesgo asumible (y necesario, para sostener la tercera economía mundial, la de un país de casi 130 millones de habitantes). Volviendo a la definición de la RAE, el orden regular de las cosas es que la economía japonesa funcione, necesitando una gran cantidad de energía que es provista, en su mayoría, por estas centrales nucleares a supuesta prueba de terremotos (como casi todo allí). Y parece ser que los terremotos los resisten, no tanto así los tsunamis.
El problema evidente para mi no es si las centrales son lo suficientemente seguras o no; si se pudó prever la catástrofe natural o no; si las medidas de seguridad y prevención adoptadas eran las mejores... Lo relevante, para mi, es que estamos hablando de una energía, en esencia, muy peligrosa e insegura con la que se juega a la ruleta rusa. Se asume que, sí, es peligrosa e insegura, pero que sus réditos merecen la pena.
El despliegue de medios del lobby nuclear, nuestro modelo de crecimiento (y, por qué no decirlo, de vida) basado en el consumo ineficiente de recursos y una ciudadanía desinformada y en demasiadas ocasiones apática, han determinado que el debate en torno a "lo nuclear" se haya ido diluyendo en los últimos años hasta el punto de no sólo desaparecer, sino de llegar a presentar a esta energía como imprescindible e insustituible.
El desastre japonés, como antes lo fueron Three Mile Island o Chernóbil (y no estoy comparando... aun desconocemos las consecuencia finales de lo que ocurre en Fukushima y las otras centrales), representa un aldabonazo en la conciencia colectiva mundial que ha despertado de golpe y de forma paralela el interés y la preocupación de la ciudadanía por este tema.
Creo que es un momento que no debe dejarse pasar para sacar a la palestra de una vez por todas no ya el debate sobre la energía nuclear, que también, sino un debate más amplio sobre el modelo de energía: el que tenemos, el que necesitamos, el que querríamos, el que podríamos tener y, en última instancia, aquél por el que apostamos.
Porque actualmente no contamos con un modelo, ni claro ni definido. Y tampoco contamos con una Administración que explique de manera apropiada y suficiente las consecuencias que tienen factores como: dependencia exterior, implicaciones geopolíticas, coste económico y escasez de materias primas, contaminación y sostenibilidad...
El debate no puede limitarse a un nucleares SÍ / nucleares NO... Es un buen punto de partida, pero debe ser imperativo debatir el todo, y no sólo una parte. Ahora varios países (Alemania y Suiza), tras los sucesos de Japón y la presión de sus opiniones públicas (estos días sí somos más fuertes que los lobbies) se están replanteando su política nuclear, lo cuál no deja de ser sorprendente. Si hoy se lo replantean, podían haberlo hecho ayer. Si hoy se puede prescindir de lo nuclear, ayer también se podía. Este es el problema. Que no hay debate (o lo que había era un falso debate, un trágala) ni transparencia. Que se descalifica sin más a las voces que se oponían y que abogaban por otras energías alternativas viables, como las renovables (necesitadas de impulso público, por supuesto; pero ¿acaso no cuesta dinero público la gestión de sus residuos? ¿el desmantelamiento de las centrales? ¿muchas veces su construcción? ¿y las consecuencias de sus posibles accidentes?). A estos grupos, ecologistas normalmente, se les tachaba de utópicos, y se contratacaba con un arsenal de argumentos preparados por el poderoso lobby nuclear y que llegaba a calificar a esta energía de barata, limpia y segura.
Japón nos recuerda que no es segura. Los residuos que heredarán varias generaciones nos recuerdan que no es limpia. Y los costes que lleva aparejada la construcción de una central (¿por qué ninguna de nuestras eléctricas se ha lanzado a levantar una, sin ninguna moratoria en vigor desde 1997? Parece que es más rentable promover la vida útil de las ya amortizadas más allá del plazo para el que fueron diseñadas...), su desmantelamiento, la gestión de residuos, el coste de una materia prima finita como el uranio... nos recuerda que no es económicamente rentable.
Como no es nada nuevo, habrá que poner encima de la mesa todas las cartas, todas las opciones, todas las voces. Y abrir el debate para decidir qué queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar y a arriesgar. Cabalgar este tsunami nuclear para transformarlo en una ola de debate sobre el modelo energético.
