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lunes, 14 de marzo de 2011

Tsunami nuclear, ola de debates.

Natural y artificial. Dos adjetivos que implican la ausencia o presencia de la mano del hombre acariciando el sustantivo de turno. Así, tendríamos una catástrofe natural cuando ésta se ha producido por acción y efecto de la la fuerza de la naturaleza, ajena, pese a nuestros vanos intentos, al control humano. Por contra, una catástrofe sería artificial cuando es fruto de la acción del hombre. Eso sí, adjetivémosla como queramos pero, a la postre, una catástrofe es una catástrofe: un suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas, nos dice la académica definición de la RAE.

Pero, desde mi punto de vista, existen diferencias. Mientras lo natural es inevitable, lo artificial, por definición, no puede serlo: si no hay actuación humana (que operaría como suceso infausto), no puede haber nada calificado como artificial.

Y del plano teórico bajemos a uno más terrenal, y busquemos un ejemplo: Japón. El terremoto y el tsunami subsiguiente del pasado viernes fueron una catástrofe natural. La posterior crisis nuclear que en estos momentos sufre el país nipón (y sus aun muy inciertas consecuencias) es una catástrofe, sí. Pero artificial. La central nuclear de Fukushima no floreció "naturalmente". Fue fruto de una decisión humana que, después de evaluar los riesgos, se entiende que consideró el salpicar la geografía japonesa de centrales nucleares como un riesgo asumible (y necesario, para sostener la tercera economía mundial, la de un país de casi 130 millones de habitantes). Volviendo a la definición de la RAE, el orden regular de las cosas es que la economía japonesa funcione, necesitando una gran cantidad de energía que es provista, en su mayoría, por estas centrales nucleares a supuesta prueba de terremotos (como casi todo allí). Y parece ser que los terremotos los resisten, no tanto así los tsunamis.

El problema evidente para mi no es si las centrales son lo suficientemente seguras o no; si se pudó prever la catástrofe natural o no; si las medidas de seguridad y prevención adoptadas eran las mejores... Lo relevante, para mi, es que estamos hablando de una energía, en esencia, muy peligrosa e insegura con la que se juega a la ruleta rusa. Se asume que, sí, es peligrosa e insegura, pero que sus réditos merecen la pena.

El despliegue de medios del lobby nuclear, nuestro modelo de crecimiento (y, por qué no decirlo, de vida) basado en el consumo ineficiente de recursos y una ciudadanía desinformada y en demasiadas ocasiones apática, han determinado que el debate en torno a "lo nuclear" se haya ido diluyendo en los últimos años hasta el punto de no sólo desaparecer, sino de llegar a presentar a esta energía como imprescindible e insustituible.

El desastre japonés, como antes lo fueron Three Mile Island o Chernóbil (y no estoy comparando... aun desconocemos las consecuencia finales de lo que ocurre en Fukushima y las otras centrales), representa un aldabonazo en la conciencia colectiva mundial que ha despertado de golpe y de forma paralela el interés y la preocupación de la ciudadanía por este tema.

Creo que es un momento que no debe dejarse pasar para sacar a la palestra de una vez por todas no ya el debate sobre la energía nuclear, que también, sino un debate más amplio sobre el modelo de energía: el que tenemos, el que necesitamos, el que querríamos, el que podríamos tener y, en última instancia, aquél por el que apostamos.

Porque actualmente no contamos con un modelo, ni claro ni definido. Y tampoco contamos con una Administración  que explique de manera apropiada y suficiente las consecuencias que tienen factores como: dependencia exterior, implicaciones geopolíticas, coste económico y escasez de materias primas, contaminación y sostenibilidad...

El debate no puede limitarse a un nucleares SÍ / nucleares NO... Es un buen punto de partida, pero debe ser imperativo debatir el todo, y no sólo una parte. Ahora varios países (Alemania y Suiza), tras los sucesos de Japón y la presión de sus opiniones públicas (estos días sí somos más fuertes que los lobbies) se están replanteando su política nuclear, lo cuál no deja de ser sorprendente. Si hoy se lo replantean, podían haberlo hecho ayer. Si hoy se puede prescindir de lo nuclear, ayer también se podía. Este es el problema. Que no hay debate (o lo que había era un falso debate, un trágala) ni transparencia. Que se descalifica sin más a las voces que se oponían y que abogaban por otras energías alternativas viables, como las renovables (necesitadas de impulso público, por supuesto; pero ¿acaso no cuesta dinero público la gestión de sus residuos? ¿el desmantelamiento de las centrales? ¿muchas veces su construcción? ¿y las consecuencias de sus posibles accidentes?). A estos grupos, ecologistas normalmente, se les tachaba de utópicos, y se contratacaba con un arsenal de argumentos preparados por el poderoso lobby nuclear y que llegaba a calificar a esta energía de barata, limpia y segura.

Japón nos recuerda que no es segura. Los residuos que heredarán varias generaciones nos recuerdan que no es limpia. Y los costes que lleva aparejada la construcción de una central (¿por qué ninguna de nuestras eléctricas se ha lanzado a levantar una, sin ninguna moratoria en vigor desde 1997? Parece que es más rentable promover la vida útil de las ya amortizadas más allá del plazo para el que fueron diseñadas...), su desmantelamiento, la gestión de residuos, el coste de una materia prima finita como el uranio... nos recuerda que no es económicamente rentable.

Como no es nada nuevo, habrá que poner encima de la mesa todas las cartas, todas las opciones, todas las voces. Y abrir el debate para decidir qué queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar y a arriesgar. Cabalgar este tsunami nuclear para transformarlo en una ola de debate sobre el modelo energético.

viernes, 4 de marzo de 2011

No es ecología, es sentido común.

Estamos en crisis. Llevamos oyendo (y viviendo) esa cantinela más de dos años, en referencia a la crisis financiera global que degeneró en una crisis económica que, finalmente, se ha transformado en una también social y política. GLOBAL. Así, en mayúsculas. De la que todavía estamos intentando recuperarnos para intentar volver adonde estábamos antes, parece. Recuperar la senda del crecimiento. Ese es el eufemismo utilizado.

Sin embargo llevamos en crisis mucho más tiempo. Nuestro "modelo de negocio", nuestra forma de vida, las bases sobre las que descansa nuestro modelo económico capitalista sufren una auténtica crisis sistémica que, efectivamente, nos obligan a asumir que un cambio de modelo se hace necesario. Hacia una nueva economía, sin duda. Y, probablemente, productiva (en el sentido de la segunda acepción que recoge la RAE: útil, provechosa), pero que en ningún caso debería ser "productivista".

El circuloso virtuoso del crecimiento en nuestra economía no es sino el círculo vicioso (y acelerado) en el que se inserta esta sociedad de consumo en la que vivimos y que se alimenta del abuso y explotación de los recursos naturales y humanos llevándonos a unas cotas que no es que no sean moralmente asumibles (que no lo son). Es que son absolutamente irracionales.

A raíz de un artículo que se publicó hace un par de semanas en el suplemento Negocios de El País y del posterior debate que generó el hecho de que su autor se había atribuído como original y propio (también el periodismo está en crisis, qué le vamos a hacer) un material que no lo era, me enteré de la existencia de este vídeo (versión doblada al español, aquí).


Se trata de "The story of stuff", documental obra de Annie Leonard en el que se describe de forma directa, cruda y efectista las perversiones a que conduce -o de las que trae causa- nuestra sociedad consumista).

Asimismo, y gracias a Twitter (tras haber hecho un comentario sobre el citado artículo), descubrí la existencia de un maravilloso documental producido por Rtve.


Se trata de "Comprar, tirar, comprar: la historia secreta de la obsolescencia programada", un estupendo trabajo que (además de resaltar la necesidad de contar con una televisión pública independiente, bien financiada y de calidad), analiza un concepto no manejado por el "gran público" (a pesar de ser víctimas diarias del mismo): la obsolescencia programada. O cómo las empresas fabrican sus productos con una fecha de caducidad artificial para "forzarnos" a volver a la tienda a por más, alimentando la espiral infernal del consumo (ya suficientemente alimentada con otras técnicas como el márketing).

Recomiendo encarecidamente a todo aquél que no los haya visto que dedique un poco de su tiempo (ahora que llega el fin de semana) a hacerlo porque aunque hablen de temas de los que, en principio, somos conscientes (aunque en la práctica cerramos ojos y oídos, inconsciente e interesadamente), sin embargo suponen un instrumento muy gráfico con el que despertar nuestras aletargadas conciencias para hacernos ver lo irracional de este sistema del que somos copartícipes; para ver que el crecimiento económico por esta vía no es ni sostenible, ni racional ni, sencillamente, posible ad infinitum. Y, lo que es más importante, sirve para hacernos recapacitar, creo, aunque sea por unos minutos, acerca del papel que cada uno desempeñamos en esta película.

No vale pensar eso de "y qué voy a hacer yo solo". Que yo recicle sirve para muy poco, pero si lo hacemos muchos empezará a representar algo; si dejo el coche en casa para usar el transporte público, lo mismo; si hago la compra teniendo en mente criterios de sostenibilidad (saber que, para que yo ahora coma melocotones, probablemente me los tienen que traer de la otra punta del planeta, por ejemplo); si soy más eficiente en el uso de la luz... A lo largo del día hay decenas de decisiones que podemos tomar a nivel individual que, llevadas a un plano colectivo, pueden marcar la diferencia.

No son cosas de cuatro chiflados ecologistas. Las cuestiones medioambientales no son asuntos sectoriales sino que tienen un marcado carácter transversal que debería iluminar tanto la política y la economía (no debería poder hablarse de una política o una economía verdes; la política y la economía deberían pensar siempre "en verde" por puro pragmatismo) así como nuestro propio comportamiento. Ser algo inherente por necesario, por ineludible. Por sentido de la realidad. Por sentido común. Por pura supervivencia.

jueves, 11 de noviembre de 2010

EQUO ya está aquí

Una mezcla de falta de tiempo, cosas interesantes que contar o reflexiones inmediatas que hacer, todo ello sazonado con un poco de pereza y amateurismo, han hecho que no haya escrito un nuevo post en una buena temporada. Pues bien, aprovechando el hilo argumental que dejó una de las entradas anteriores, retomo la tarea.

Recordareis que comentaba (se pudo leer, incluso, en los papeles) que algo se movía en el "colectivo verde" patrio, que parecía estar planteándose aglutinar las muy diversas sensibilidades que lo componen al objeto de poner en marcha un movimiento social que capitalizase en términos políticos la conciencia medioambiental que, de hecho, existe entre la ciudadanía española. Este movimiento, cuyo rostro visible es Juan López de Uralde, ha tomado forma finalmente: Equo.

Sé que no estoy contando nada nuevo (tampoco esto es un medio informativo, más allá del hecho de que un blog puede contribuir a ampliar un poquito la difusión de la información comentada), pero mucha gente no tiene por qué conocer una noticia que, entiendo, es muy relevante.

Equo (el nombre es un "regalo" de Fernando Beltrán, poeta y "nombrador" o creador de marcas como Opencor, Amena o Faunia) nace como una fundación con la que, previsiblemente, comenzar a hacer un poco de ruido e ir creándose un espacio propio. Pero el objetivo final no es otro que constituirse en un partido político con el que concurrir a las próximas elecciones generales, en las que parece que se quieren fijar como objetivo alcanzar el 10% de los votos.
Este objetivo, ciertamente ambicioso, les colocaría como una potente tercera fuerza política. Aunque difícilmente realizable, es bueno que empiecen poniendo el listón muy alto. Si esta plataforma nace con el objetivo declarado de dar visibilidad a posturas que la crisis parece haber condenado al ostracismo, hay que ser ambiciosos y huir de planteamientos que se aproximan a la irrelevancia a la que, precisamente, se quiere combatir.

Una tercera fuerza política con un peso electoral así sería no relevante, sería decisiva. Y sus postulados tendrían que ser muy tenidos en cuenta por la fuerza política que formara gobierno, un gobierno que probablemente abriría sus puertas a un socio tan importante. Todo ello tomándonos en serio esta declaración de intenciones y obviando por un rato nuestro sistema electoral.

Pues bien, desde mi punto de vista habría dos grandes reflexiones que hacer:
- La primera es que una fuerza política que aspira a obtener un 10% de los sufragios en unas elecciones generales empieza a transitar por territorios más próximos a los de una fuerza mayoritaria que a los de una minoritaria, representando valores que han sido secundados por un número nada despreciable de los votantes.
- La segunda, sería una consecuencia de lo anterior. No hay fuerza política que, agarrada únicamente a una serie de objetivos parciales y sectoriales, pueda alcanzar un resultado electoral con un peso decisivo. Es decir, mi opinión es que enarbolar la bandera del ecologismo no es suficiente para dar el salto de la irrelevancia política a ese 10% de los sufragios.

Que Equo tenga como punto de partida la defensa de los postulados medioambientales es un buen comienzo, especialmente teniendo en cuenta que estos valores cada vez se encuentran más extendidos entre la sociedad española y son  asumidos con mayor naturalidad por sus ciudadanos, desde luego ya no se ve como algo "exótico", como un lujo planteado por unos cuantos iluminados sin otra forma mejor de llamar la atención. Poco a poco el valor de "lo verde" ha ido calando en el mainstream, pero ello no será suficiente para que su mensaje cale entre una mayoría.

Por eso me parece muy acertado que Equo se asiente sobre otro pilar: el de la defensa de la equidad social. Equidad social es un objetivo global que alberga dentro de sí no sólo medio ambiente. Es un concepto transversal sobre el que puede pivotar todo un modelo de entender la gobernanza, y que alcanzaría todos los ámbitos de la política y la economía.

Por ello creo que presentarse (o dejar que el resto de partidos políticos, prensa y opinadores lo hagan) bajo la etiqueta de "partido verde español" sería un grave error, en la medida en que reduciría sus opciones y expectativas, y se estaría renunciando a la posibilidad de ocupar un espacio político más amplio actualmente huérfano, y que no queda circunscrito a la defensa del medioambiente sino que incluye valores de equidad, justicia y progreso social. Y sostenibilidad, claro que sí.

A las dos reflexiones anteriores cabría sumar una tercera, relativa a la posibilidad real de capitalizar el desencanto que la crisis, nuestros políticos y sus políticas (o ausencia de ellas) está provocando entre una parte importante del electorado que quizá decida no quedarse en casa en los próximos comicios si se le ofrece algo nuevo, alternativo, bien estructurado, cercano y real.

Bienvenido sea el pluralismo.


Manifiesto Equo








miércoles, 11 de agosto de 2010

Pluralidad verde

Leo estos días en los papeles que Juan López de Uralde, el todavía líder de Greenpeace España (cuyo rostro se popularizó a raíz de su detención por la policía danesa durante la celebración de la llamada Cumbre del Clima de Copenhague), parece decidido a crear un partido político de corte ecologista que concurriría a las próximas elecciones generales. Para ello cuenta con el impulso del diputado verde más reconocido y actual líder de Iniciativa Per Catalunya Verds, Joan Herrera, y se está granjeando el apoyo de diversas figuras relevantes en el ámbito de las organizaciones ecologistas.

La noticia, en principio, me parece no buena. Buenísima. No ya porque simpatice más o menos con la causa ecologista (que también), sino porque entiendo que añadir un poco de color al gris abanico electoral nacional siempre es bueno, en la medida en que entiendo la pluralidad como una virtud y no como un defecto. Me gusta creer que en una sociedad de 45 millones de personas, por muy narcotizada que ésta se encuentre con los discursos necesariamente simplificados, simplistas y planos de los grandes partidos políticos, existen diferentes modos de pensar, de sentir, de ver la vida. Y si no diferentes, sí matizados. Y eso es lo que echo de menos muchas veces en nuestra arena política: el matiz. Así que si esto se puede trasladar a nuestro parlamento, mejor que mejor.

Es evidente, así lo atestiguan los manuales de teoría política, que el discurso de los partidos políticos se ha ido diluyendo necesariamente de conformidad con el correr de los tiempos. De partidos sectoriales, de clase, pasaron a convertirse en grandes partidos de masas que buscaban el apoyo de una mayoría de los votantes que debía verse reflejada en sus programas. Consecuentemente éstos, de tanto buscar un mínimo común denominador de tan amplio espectro, se han ido descafeinando hasta convertirse poco menos que en un repertorio de eslóganes vacíos e ideas vagas. En puro márketing.

Los matices, las concreciones, la defensa de posiciones bien delimitadas y definidas sólo pueden llegar de la mano de colectivos que se ocupan, si no exclusivamente, sí fundamentalmente de esos temas concretos que preocupan en muy distinto grado a los ciudadanos. La defensa de estos asuntos, toda vez que son tratados de manera marginal por los grandes partidos (los de gobierno), han sido la razón de ser de ONGs, fundaciones y organizaciones de diverso pelaje que han conformado eso que ha venido en denominarse "tercer sector", en contraposición a los sectores público y privado.

Es posible que alcanzar el poder haya sido algo que quizá no les interesara pero que, en todo caso, se encontraba fuera de su alcance. En líneas generales podríamos decir que estos colectivos renunciaban a intentar alcanzar el poder de manera directa por una manifiesta imposibilidad material (o en otras palabras, por una falta de la necesaria fuerza electoral). Por lo tanto, para alcanzar sus objetivos se han venido conformando, por un lado, con "influir" en los distintos partidos políticos para tratar de llevar sus postulados a la práctica de gobierno; y, por otro, han tratado de involucrar y movilizar a la sociedad civil a través de las diversas formas y manifestaciones del fenómenos asociativo.

Por lo que se refiere a los movimientos ecologistas parece que, por primera vez en España, se presentará a las elecciones generales una formación estrictamente verde que aglutine a todos los comprometidos con la causa y, por tanto, con alguna posibilidad de alcanzar algún escaño en el parlamento (cosa que ya viene ocurriendo desde hace décadas en otros países europeos).

Como decía antes, me parece una buenísima noticia. Más pluralismo, más diversidad. Más visibilidad para una causa que cuenta con numerosos apoyos en la sociedad española. Y, para mi lo más importante, más dinamismo, ya que obligará a que los restantes partidos políticos muevan ficha y se posicionen ante la perspectiva de perder votos.

Lástima que el foco se acabará poniendo, de nuevo, en uno de los muros que hace languidecer nuestro sistema político impidiendo el acceso al Congreso (o minimizando su representación) de terceras fuerzas políticas. Se barrunta post sobre el sistema electoral español. Atentos.