Twittea este post

Mostrando entradas con la etiqueta crisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de agosto de 2011

La reforma constitucional: por qué me opongo.

Si en el post anterior me centraba más en la exigencia de que se celebrara un referéndum para aprobar definitivamente una eventual reforma de la Constitución al objeto de introducir un techo de déficit público en la misma, en éste quiero detallar un poco los detalles por los que me opongo frontalmente, aunque sea a vuelapluma y mezclando motivos de forma y de fondo.

Es cierto que aun no se conoce el texto de la reforma que se pretender introducir (presumiblemente en el artículo 135, donde se regula la Deuda Pública), y que criticar algo de entrada sin haberlo siquiera leído, a priori, puede parecer no razoble. Pero es que mi repudio a la medida es previo: no es que me oponga a una redacción concreta de la reforma, es que me opongo a cualquier tipo de reforma en los términos expuestos el martes pasado por el señor Zapatero en el pleno del Congreso.

Por todo ello pido disculpas por anticipado, y quiero recordar que no me considero un experto en materia alguna, sino un simple ciudadano medio que pretende estar informado y tener un cierto criterio propio, que no es poco. Estos son mis motivos:

- No hace falta: comprometer la política fiscal del Estado español introduciendo un techo de gasto o límite de endeudamiento en su ordenamiento jurídico no implica que ello deba hacerse a través de la Constitución. A mucha gente se le olvida estos días, pero este compromiso político en el seno de la UE que encuentra su origen en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1997, ya fue juridificado con la Ley 18/2001, de 12 de diciembre, General de Estabilidad Presupuestaria, cuyo texto fue actualizado con el Texto Refundido aprobado por el Real Decreto Legislativo 2/2007, de 28 de diciembre, al objeto de adaptarlo a las propias modificaciones que del Pacto se han ido sucediendo en Bruselas (por cierto, España venía siendo el "ojito derecho" en la política de reducción de deuda pública, que llegó a bajar del entorno del 40% del PIB). La ley es tan jurídicamente vinculante como la Constitución. ¿O es que acaso no establece el artículo 9º de ésta el principio de legalidad? Que España comprometa un techo de déficit y lo cumpla no viene determinado por el hecho de que esa letra se recoja en una ley ad hoc o en la Constitución. Por cierto, parece que a Rubalcaba esto le suena razonable.

- Por técnica legislativa: la Constitución, por definición, ha de ser un texto amplio y genérico destinado a recoger los principios generales de nuestro modelo de estado y convivencia, no a definir escrupulosamente aspecto alguno, mucho menos normas técnicas de este tipo que no encajan con el carácter marcadamente abierto y ambiguo de una constitución como la española que por no definir no define (no detalla), por ejemplo, el modelo educativo, el sistema electoral, el modelo autonómico, el reparto competencial, o el modelo económico y de hacienda pública (al que esta norma afecta de lleno), por citar algunos. De establecer el límite, la Constitución no es el lugar adecuado.

- Por lo que supone en términos de blindaje: las constituciones suelen clasificarse doctrinalmente (como bien sabrá el otrora profesor de Derecho Constitucional Rodríguez Zapatero), entre otras categorizaciones, según su grado de flexibilidad o rigidez de cara a una eventual reforma, tendiendo a ser normas rígidas debido a que aspiran a mantener una comprensible estabilidad en el tiempo y a ser fruto de un amplio consenso en el seno de la sociedad cuyo marco jurídico definen. Pues bien, la Constitución española es definida por la mayoría de los autores como muy rígida, incluso pétrea, por lo complejo que resulta su proceso de reforma. Buena prueba de ello es que en todos estos años de democracia únicamente se ha abordado una vez su reforma. La práctica "democrática" demuestra que cambiar la letra de nuestra Carta Magna no es fácil.

- Existen numeros temas que justificarían una reforma constitucional. De hecho el propio Zapatero planteó una limitada a cuatro aspectos que, incluso, motivó un interesante dictamen del Consejo de Estado. Al margen del papel de la Corona en nuestro Estado y esos cuatro temas (igualdad de género en el acceso al trono, inclusión de CC.AA., referencia a la UE, reforma del Senado), existen otros tan interesantes como el del sistema electoral, la definición de competencias (y cierre del "melón") autonómicas, la eliminación total de la pena de muerte... Sin embargo ninguno ha motivado nunca el abordaje de la reforma de un texto que, sin duda, requiere ser actualizado. ¿Por qué ahora? ¿Por qué solo para algo tan puntual? ¿Por qué no proponer una reforma de todos aquéllos puntos susceptibles de ello, debatirlo y elevarlo a consulta de la ciudadanía?

- No lo preveía el programa electoral del partido que sustenta al Gobierno: ya sé que se han adoptado muchas medidas que no se preveían (y se han dejado en el cajón otras tantas sí recogidas), pero eso no significa que se esté legitimado para dar otro paso más en la perversión de nuestro actual modelo democrático de representación política, en el que los ciudadanos sólo participamos para votar cada cuatro años supuestamente por un programa político. Lo decía en el post anterior, existe legitimidad formal, pero no legitimidad material (ni moral, si se quiere ni, desde luego, política). Si una reforma constitucional no es algo lo suficientemente importante como para ser previsto en el programa electoral, explicado profusamente a los electores y debatido y pactado con las otras fuerzas políticas, no sé qué lo es.

- No se cuenta con los representados, con el cuerpo político soberano del que emanan todos los poderes del Estado (no lo digo yo, lo dice el artículo 1 de la Constitución), con el pueblo, con los ciudadanos. Precisamente porque no se preveía en el programa electoral. Aunque formalmente no se exija la convocatoria de un referéndum, debiera convocarse para dar voz (y voto) a la ciudadanía. En lugar de eso, reforma inédita exprés sin debate y sin hacer eso con lo que los políticos tanto se llenan la boca: pedagogía. Sin debate, sin transparencia, sin responsabilidad. Lo llaman democracia, y no lo es.

- No hay urgencia. Por otro lado, Elena Salgado declaraba ayer que el límite no entraría en vigor has 2018 de modo que, ¿por qué tanta prisa? ¿No es más razonable, en caso de que quiera hacerse, llevar esta propuesta a los programas electorales para el 20N, explicarla bien y que se debata en condiciones?

- España no es gobernada por Merkel, Sarkozy o Trichet. Parece que, en última instancia, el motivo de esta repentina fiebre reformadora se debe a que desde el corazón económico y decisorio de Europa se exige esta medida con el argumento perenne y peregrino (visto lo visto) de que con ello se calmará a los mercados. Seguramente ni Zapatero se crea ya esto, pero habrá pensado que si al menos garantiza la compra de deuda española por el BCE si se vuelve a dar el caso, merecerá la pena. Quizá debiera tratar de colocar, aunque fuera un poquito, a España en el centro de Europa, como prometió. Haciéndonos más relevantes, que a veces consiste en decir no, sobre todo si tienes razones sobradas para ello, y en proponer alternativas como los famosos eurobonos que, por cierto, sus correligionarios franceses y alemanes ya defienden, como recuerda Josep Borrell en su excelente artículo de hoy en El Periódico.

- Con la política monetaria en manos del BCE, a los estados del euro únicamente les queda como instrumento de política económica el de la política fiscal, en el que se incluye la política de deuda, que se ha revelado imprescindible como elemento contracíclico. Es necesario racionalizar el gasto público (y hacer responsables a los políticos), sí,  pero ello no puede equivaler a introducir severas reglas que, "cuando vengan mal dadas", no vaya a ser viable cumplir (en el caso de una recesión, cuando se desploma la actividad económica y se dispara el paro, los ingresos del Estado caen y los gastos, paralelamente, se elevan rápidamente por el aumento de receptores de prestaciones de desempleo y una mayor presión a los servicios públicos) como ha demostrado tozudamente la realidad. El Estado es un actor económico más, nos guste más o nos guste menos (esto sí que lo prevé ya nuestra Constitución en su Título VII).


 Reitero que en Actuable se están recogiendo firmas para solicitar la convocatoria de un referéndum. Puedes apoyar la iniciativa aquí.

Quiero que mis representantes, si se da el caso y llega a votarse como parece, justifiquen su apoyo a esta medida con algo más que la disciplina de voto. Exijo a los grupos parlamentarios que la respalden que lo expliquen. Y solicito que dejen al conjunto de la ciudadanía expresarnos sobre este tema tan importante por la vía del mencionado referéndum.



No sin mi voto

miércoles, 10 de agosto de 2011

El patio trasero de la sociedad del bienestar.

Tras Londres otras grandes ciudades británicas como Birmingham, Liverpool o Manchester también arden. London Calling. No soy aspirante a sociólogo o antropólogo, por lo que tampoco aspiro a desarrollar cábala alguna sobre la razón de ser de estos sucesos que dan continuidad, varios veranos depués, a aquellas revueltas en las banlieus parisinas. En otro país con otro modelo de integración y protección social, cierto. Pero en la misma Europa cuna de derechos y libertades civiles, sí, pero de un estado del bienestar que hoy vemos desmoronarse ante nuestros ojos, también.

Cábala ninguna, decía. Opinión pura y dura. Convicción. Porque estoy profundamente convencido de que estos sucesos están relacionados con la situación de nuestro estado del bienestar. Un 'estado' fallido o, cuanto menos, en estado comatoso. Lejos quedan los años de la segunda posguerra mundial, que alumbraron una serie de derechos sociales, complementarios y correlativos de los civiles y políticos, que cristalizaron, precisamente, en el estado del bienestar. Se trataba de ganar en cohesión social, por la vía de una mayor profundización en la igualdad (no sólo formal, material también) y en la equidad.

Eran los años de la dualidad ideológica, económica, cultural... de los bloques. Había que demostrar que a este lado del telón de acero no sólo se era más libre, sino que también se vivía mejor. Así se vivió la edad dorada del estado del bienestar, generalizado a la mayor parte de países de Europa occidental (lamentablemente, entre la excepciones se encontrana la gris España de Franco) que, paralelamente, habían puesto en marcha el proceso de integración europea.

Tras la crisis del petróleo de finales de los años 70 y la llegada al poder de los neoliberales de Reagan en EE.UU. y Thatcher en Reino Unido (con sus políticas del rolling back the frontiers of the State) comienza el progresivo y lento declive del estado del bienestar (que en algunos países como España empezaba a construirse entonces, en ese contexto), avalado por el envoltorio académico proporcionado por la Escuela de Chicago de Friedman y sus acólitos, que se encargaron de dar la puntilla a un keynesianismo con más de tres décadas de recorrido.

La caída del muro de Berlín sirvió para certificar el advenimiento de un pensamiento único que se escudaba no ya en la inevitable globalización del éxito capitalista, sino en el fin de las ideologías, en el fin de la Historia (Fukuyama dixit). La economía (lo de democracia ya se encargaba China de desmentirlo) liberal servía de sustento ideológico a todo, lo justificaba todo. Y, en parte, eso es cierto. En nuestra sociedad hiperconsumista, hipercompetitiva e hipermaterialista parece no haber más objetivo que ser más y mejor que el de al lado. El estatus social resumido en la casa en que se vive, el coche que se conduce y las vacaciones que se disfrutan. ¿El precio? Ser más infelices, cargarnos el medioambiente, condenar a la miseria a millones de personas... La sociedad deshumanizada. No hay como una buena crisis para desnudar tal incoherente paradoja.

El perenne drama somalí es responsabilidad nuestra, como sociedad. Como también lo es el, a otra escala, drama de los guetos de Londres, París o Madrid. Como también lo es, a otro nivel, el drama de los millones de jóvenes en paro y sin futuro (muchos sin estudios). La mesocracia de la época de la abundancia ha saltado por los aires para dejar al descubierto una sociedad empobrecida, casi sin valores y con un futuro incierto. Papá-Estado, de quién ahora nos acordamos, sigue aquí, aunque debilitado tras tantos años de desregulación y adelgazamiento. Su patio trasero (otrora reservado a los reducidos focos de marginalidad de los arrabales de las grandes ciudades) está más lleno que nunca de ciudadanos desfavorecidos que ponen de manifiesto lo insostenible de un sistema que da la espalda a la igualdad y la equidad o, lo que es lo mismo, que da la espala a sus ciudadanos.

Los disturbios de Londres, con todas sus diferencias, tienen algo en común con los movimientos estudiantiles en Chile o el del 15M español o el de los indignados israelíes (no obvio que mientras en Londres se saquean comercios para hacerse con móviles de gama alta y ropa de marca, en Sol se debate de manera pacífica sobre ideas para mejorar la realidad): son reflejo de una frustración colectiva o, mejor, dicho, de un fracaso colectivo. El de una sociedad incapaz de garantizar a sus hijos un futuro mejor que el presente que disfrutan sus padres.

La conjución de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión, la generación más y mejor formada de la Historia y el fenómeno disruptivo que ha supuesto Internet nos coloca en un punto de inflexión único para abrir la puerta a un nuevo modelo, un nuevo sistema que ha de tener como señas de identidad una sociedad civil activa y participativa, la transparencia (proactiva) de todos los estratos de poder y la equidad social (para lo cual la educación ha de ser, necesariamente, pilar fundamental). Dando por bueno el aforismo "einsteiniano", no podemos esperar resultados distintos haciendo lo mismo que hasta ahora.

Frente a la locura desreguladora neoliberal, más regulación (que evite que la economía productiva sea apisonada por la economía 'de casino'). Frente al recorte del papel del Estado en la sociedad, más Estado (entendiendo que el Estado, la Administración de la cosa pública, somos todos). Frente a una Europa en punto muerto en la que la libertad de circulación se reduce a mercancías y capitales, más Europa (en el contexto de un mundo globalizado e interconectado).

Una sociedad más responsable, más participativa, más activa. ¡A activarse!

martes, 29 de marzo de 2011

Indignación (I). Parece que aquí no pasa nada.

Estos días visita nuestro país Stepháne Hessel, un nonagenario francés que tras militar en la Resistencia francesa luchando contra la invasión nazi, participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que hoy está de plena actualidad porque el año pasado publicó un breve escrito dirigido a los jóvenes galos con el que pretendía incitarles a una rebelión pacífica frente a los actuales acontecimientos que oscurecen el futuro: Indignez vous. Esta obra, con hechuras de panfleto político (en el mejor sentido de la expresión) ha resultado ser un fenómeno editorial sin precedentes que ha trascendido las fronteras del país vecino para ser publicada y convertirse en referente en otros países como España (donde ha sido publicado por la editorial Destino y prologado por José Luis Sampedro).


Hessel se dirige a la juventud de su país pero el suyo es un mensaje universal. Esta lúcida mente de noventa y cuatro años afirma que a nuestro alrededor podemos encontrar numerosas razones que conduzcan a que nos indignemos: la destrucción del estado del bienestar, los orígenes de esta crisis económica, los movimientos xenófobos e insolidarios, el modelo productivista, el papel de los medios de comunicación... Como subraya Sampedro en el prólogo, vivimos en Europa, cuna de culturas, de la democracia, del estado de bienestar... Debemos defender este legado. La convivencia cultural, la democracia real, las conquistas sociales...

Entrevista a Stephane Hessel en "Hoy por hoy", cadena SER (28/03/2011)

Sin embargo, en España no nos indignamos. Parece que nada justifica que alcemos la voz o nos movilicemos (más allá de salir a la calle cuando España ganara el Mundial, claro). Asistimos de manera pasiva a la sucesión de acontecimientos que vivimos, más grandes o más pequeños, exógenos o de un carácter marcadamente local, de carácter económico o de ámbito social.

Vivimos en carne propia la Gran Depresión de nuestra era (sólo la generación de Hessel puede hablar con propiedad de la original que nosotros sólo conocemos por los libros de Historia), cuyos orígenes se escapan con mucho de las manos de un ciudadano medio que nada tuvo que ver con sus causas (más allá de ser una pieza más del modelo económico que tenemos). Una crisis que empezó en el sistema financiero debido a las arriesgadísimas (e incomprensibles, para el ciudadano medio) operaciones de sus gestores y grandes beneficiarios, aquéllos que han estado acumulando los excedentes de riqueza que no se han redistribuido entre toda la población. Esa crisis acabó llegando, claro, a la economía real, y la pagamos todos. Sobre su altar se están sacrificando importantes conquistas sociales de las últimas décadas vinculadas al sistema de Seguridad Social. Y no pasa nada.

En nombre de los mercados se reducen las inversiones públicas, se recortan servicios, se congelan pensiones, se aumenta la edad de jubilación y los números de años de cotización necesarios... ¡En nombre de los mercados! ¡Te lo juro por Moody's! Pero qué broma es esta. Asistimos impasibles (temerosos, a lo sumo) al dantesco espectáculo de los tiburones rodeando a la próxima presa, viendo caer a países enteros mientras se hacen cábalas sobre cuál será el próximo, mientras descubrimos que no sólo no se actúa contra los paraísos fiscales, sino que incluso España se comporta como tal. Y no pasa nada.

No sólo se reconoce que existe un alto grado de economía sumergida, sino que se afirma que se va a favorecer que aflore para, a continuación, perseguir más intensamente a la que permanezca fuera del sistema. ¿Qué pasa? ¿Es que acaso hasta ahora no se perseguía con la intensidad necesaria? Esperemos que funcione un poco mejor que la lucha contra el gran fraude fiscal. Y parece que no pasa nada.

Europa no es capaz de aprovechar la crisis como si de la oportunidad definitiva para ahondar en el proceso de integración se tratara. Al contrario. Crecen los recelos, la insolidaridad, los movimientos interesados y abiertamente anti-europeístas. ¡Pero qué es esto! ¿No se supone que todos estamos convencidos y queremos más Europa (o algo parecido)? Y no pasa nada.

En Japón se produce uno de los mayores accidentes nucleares de la Historia y el debate que debería estar produciéndose respecto al modelo energético se está produciendo con sordina, en el mejor de los casos. Europa no es capaz, una vez más, de coordinarse. Nuestros gobiernos no tienen opinión o, peor, la cambian con la misma facilidad que lo hace la dirección del viento. Y no pasa nada.

Nuestros políticos no están a la altura. O, simplemente, no están, ni se les espera. Parecen carecer de criterio, de valores, de escrúpulos... Y no me estaba refiriendo a sus corruptelas, que también. Especialmente en este país, donde clama el cielo. El último ejemplo, el del eurodiputado español del Grupo Popular Pablo Zalba, dispuesto a aceptar un soborno por enmendar una norma al dictado de un lobby. Y no pasa nada.

En este país en el que acostumbramos a levantar la voz en discusiones familiares y tertulias de bar asistimos de manera pasiva a este circo que envenena el pan nuestro de cada día. Resignados. Con el conformismo del que aspira a quedarse como está. Con la ambición del que cree que las cosas han funcionado siempre de la misma manera y que un individuo nada puede hacer, nada puede cambiar.

Nada más lejos de la realidad. Continuará.

Actualización (30/03/2011): traducción del texto de Hessel difundida por ATTAC

viernes, 4 de marzo de 2011

No es ecología, es sentido común.

Estamos en crisis. Llevamos oyendo (y viviendo) esa cantinela más de dos años, en referencia a la crisis financiera global que degeneró en una crisis económica que, finalmente, se ha transformado en una también social y política. GLOBAL. Así, en mayúsculas. De la que todavía estamos intentando recuperarnos para intentar volver adonde estábamos antes, parece. Recuperar la senda del crecimiento. Ese es el eufemismo utilizado.

Sin embargo llevamos en crisis mucho más tiempo. Nuestro "modelo de negocio", nuestra forma de vida, las bases sobre las que descansa nuestro modelo económico capitalista sufren una auténtica crisis sistémica que, efectivamente, nos obligan a asumir que un cambio de modelo se hace necesario. Hacia una nueva economía, sin duda. Y, probablemente, productiva (en el sentido de la segunda acepción que recoge la RAE: útil, provechosa), pero que en ningún caso debería ser "productivista".

El circuloso virtuoso del crecimiento en nuestra economía no es sino el círculo vicioso (y acelerado) en el que se inserta esta sociedad de consumo en la que vivimos y que se alimenta del abuso y explotación de los recursos naturales y humanos llevándonos a unas cotas que no es que no sean moralmente asumibles (que no lo son). Es que son absolutamente irracionales.

A raíz de un artículo que se publicó hace un par de semanas en el suplemento Negocios de El País y del posterior debate que generó el hecho de que su autor se había atribuído como original y propio (también el periodismo está en crisis, qué le vamos a hacer) un material que no lo era, me enteré de la existencia de este vídeo (versión doblada al español, aquí).


Se trata de "The story of stuff", documental obra de Annie Leonard en el que se describe de forma directa, cruda y efectista las perversiones a que conduce -o de las que trae causa- nuestra sociedad consumista).

Asimismo, y gracias a Twitter (tras haber hecho un comentario sobre el citado artículo), descubrí la existencia de un maravilloso documental producido por Rtve.


Se trata de "Comprar, tirar, comprar: la historia secreta de la obsolescencia programada", un estupendo trabajo que (además de resaltar la necesidad de contar con una televisión pública independiente, bien financiada y de calidad), analiza un concepto no manejado por el "gran público" (a pesar de ser víctimas diarias del mismo): la obsolescencia programada. O cómo las empresas fabrican sus productos con una fecha de caducidad artificial para "forzarnos" a volver a la tienda a por más, alimentando la espiral infernal del consumo (ya suficientemente alimentada con otras técnicas como el márketing).

Recomiendo encarecidamente a todo aquél que no los haya visto que dedique un poco de su tiempo (ahora que llega el fin de semana) a hacerlo porque aunque hablen de temas de los que, en principio, somos conscientes (aunque en la práctica cerramos ojos y oídos, inconsciente e interesadamente), sin embargo suponen un instrumento muy gráfico con el que despertar nuestras aletargadas conciencias para hacernos ver lo irracional de este sistema del que somos copartícipes; para ver que el crecimiento económico por esta vía no es ni sostenible, ni racional ni, sencillamente, posible ad infinitum. Y, lo que es más importante, sirve para hacernos recapacitar, creo, aunque sea por unos minutos, acerca del papel que cada uno desempeñamos en esta película.

No vale pensar eso de "y qué voy a hacer yo solo". Que yo recicle sirve para muy poco, pero si lo hacemos muchos empezará a representar algo; si dejo el coche en casa para usar el transporte público, lo mismo; si hago la compra teniendo en mente criterios de sostenibilidad (saber que, para que yo ahora coma melocotones, probablemente me los tienen que traer de la otra punta del planeta, por ejemplo); si soy más eficiente en el uso de la luz... A lo largo del día hay decenas de decisiones que podemos tomar a nivel individual que, llevadas a un plano colectivo, pueden marcar la diferencia.

No son cosas de cuatro chiflados ecologistas. Las cuestiones medioambientales no son asuntos sectoriales sino que tienen un marcado carácter transversal que debería iluminar tanto la política y la economía (no debería poder hablarse de una política o una economía verdes; la política y la economía deberían pensar siempre "en verde" por puro pragmatismo) así como nuestro propio comportamiento. Ser algo inherente por necesario, por ineludible. Por sentido de la realidad. Por sentido común. Por pura supervivencia.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Adiós a las Cajas

Vaya por delante que no soy ningún experto en economía así que lo aquí expresado (como, por otra parte, todo en este blog) no es más que fruto de mi humilde opinión, tamizada por la información que leo cada día en los medios tradicionales de la prensa y los ya convencionales de la blogosfera.

Leo que Caja Duero-Caja España, la "fusión fría" de las dos principales cajas de Castilla y León, asume abiertamente su incapacidad para cumplir con los nuevos estándares fijados por el Gobierno mediante, ni más ni menos, Real Decreto-Ley, siguiendo los dictados de los etéreos mercados financieros. Y por ello parece que se integrará en Mare Nostrum, el Banco del SIP (Sistema Institucional de Protección) liderado por Caja Murcia.

En poco más de un año la pata del sistema financiero español apoyado en las cajas de ahorro ha saltado por los aires. Cosas de la crisis, que tiene el poder de modificar lo que se consideraba inmutable y no era objeto siquiera de discusión. Es una versión de ese clásico aforismo que dice que toda crisis es una oportunidad.

Sin embargo no me gusta el enfoque que se está dando a las cosas. La crisis se está revelando como una oportunidad increíble para terminar de asentar y llevar a sus últimos extremos la doctrina del pensamiento único, aprovechando la incapacidad de nuestros dirigentes para gestionar la realidad y, por qué no decirlo, nuestra asombrosa pasividad, que está haciendo posibles y aceptables cosas que si hace unos años nos hubieran consultado, consideraríamos tan imposibles como inaceptables.

No me gusta esta insoportable inevitabilidad de la realidad tras la que se parapetan muchos para apenas justificar (y razonar) muchas de las medidas que se están tomando.

Para no perder el hilo, vuelvo a las cajas. Yo nunca he sido un enérgico defensor de este modelo, precisamente. Las cajas de ahorro siempre me han parecido entidades financieras extraordinariamente politizadas, lo que las convertía en muy ineficientes y en un instrumento más de la lucha política de partidos. Sin embargo tenían dos virtudes innegables: por un lado, representaban un elemento de vertebración  y dinamización interterritorial muy relevante; y, por otro, desarrollaban una labor fundamental (sin perjuicio de que su destino fuera criticable en muchas ocasiones) a través de su obra social (más de 2.000 millones de euros anuales destinados a la protección y recuperación de nuestro patrimonio, a cultura, a fines de protección social...).

La mal llamada "reordenación" del sistema financiero de nuestras cajas se está traduciendo en la privatización manu militari de las mismas y en el punto final a un sistema que no desaparece porque fuera discutible su funcionamiento o existencia, sino como consecuencia de la crisis. Un sacrificio más en sus altares. Y esto significa que se hace sin apenas debate ni reflexión ni, por supuesto, explicación a los pasivos ciudadanos de por qué en un momento en que las administraciones públicas están recortando servicios y prestaciones, a ello se va a sumar la casi segura desaparición de la inversión desarrollada por estas entidades, que van a cambiar su tradicional vinculación localista a un territorio por la de la procedencia del dinero de los fondos de inversión extranjeros  (chinos y árabes, fundamentalmente) que, probablemente y aprovechando nuestras prisas, pescarán en las aguas de nuestro río revuelto a precios de saldo (con las bendiciones de nuestro Banco de España).

De momento Caja España-Caja Duero deja de ser "la gran caja de Castilla y León", para diluirse en un engendro que acabará fagocitando su naturaleza original. Todo ello a pesar de los chovinistas esfuerzos de la Junta de Castilla y León por mantener su identidad (como han intentado el resto de gobiernos autonómicos, por otra parte).

Si una cosa está clara, es que la política sucumbe ante la economía en esta crisis. Otra vez.


jueves, 3 de febrero de 2011

Una cosa verdaderamente notable

A estas alturas de la película supongo que prácticamente todo el mundo estará al tanto del último highlight “youtubero” que Mariano Rajoy ha protagonizado y que, gracias a esto de las nuevas tecnologías e Internet en general (y las redes sociales en particular), hemos visto sin necesidad de pasar el trago de sintonizar Veo 7 anteanoche.

El líder del PP ha estado estos días de gira mediática mundana, reafirmándose ante su público como el futuro Presidente del Gobierno de este país (no vayamos a llevarle la contraria a todas las encuestas), presidenciable, que se dice. Mostrándose seguro de sí mismo, levantándose de esa cama en la que le llevan postrando un montón de viñetistas como Peridis desde hace tiempo, por su hábito de no ser lo que se dice un animal político precisamente proactivo, ya que parece que su estrategia consiste en esperar, esperar, esperar... Como aquellos emigrantes de la película de Michael Curtiz atrapados en Casablanca esperando el momento de coger el avión a Lisboa. Rajoy va a Moncloa, y lo llevan en volandas las circunstancias... así que para qué hacer méritos. Para qué hacer política.


En estas estábamos cuando mira tú por dónde decide asomar un poco la nariz. Quizá sus asesores le recomendaron que se moviera un poco no fuera a ser que un agonizante Zapatero le arrebatara iniciativa política con su pacto social, que parecía que finalmente iba a fructificar. Así que qué mejor cosa que prestarse a que le amigo Pedro J. le entreviste a uno en su periódico amarillo y en su canal de TDT. Y, hala, a ejercer de presidenciable. Y a aportar propuestas, que tanto se le crítica por no hacerlas.

Y aquí estamos, haciendo chascarrillos por una cosa verdaderamente notable: al presidenciable Rajoy le pregunta una joven estudiante universitaria por las medidas que piensa adoptar para crear empleo cuando llegue al Gobierno y, oiga, que se trastabilla y balbucea (más de lo habitual) y no le sale ninguna. Lo que explica, no sé si tirando de retórica, retranca o cual otra de sus contrastadas virtudes oratorias, y dice: "es que me ha pasado una cosa verdaderamente notable: que lo he escrito aquí y no entiendo mi letra". ¡Hala! Hoy todo el mundo haciendo chanzas por este "lío", como seguramente el propio Rajoy podría calificarlo.

Pero yo no quiero hacer más leña del asunto aquí. Simplemente porque no me parece una cosa tan notable. No lo encuentro cómico. Que el principal aspirante a ocupar La Moncloa y actual líder de la oposición no tenga un discurso estructurado más allá del "lo que este país necesita es unas elecciones" es desalentador. Pongámoslo en sus términos. Dice que España vive el drama del paro sin que el señor Zapatero aporte nada. ¿Qué aportaría él? Se lo preguntaba, inocente, esa votante, provocando el "lío" en la respuesta de marras. Pero es que se lo vienen preguntando a él y a sus correligionarios tanto en sede parlamentaria como fuera. ¿Qué proponen? ¿Cuál será su programa político? (su contrato para con los ciudadanos).

De tan confiado que se siente el candidato Rajoy, en una entrevista por fascículos en El Mundo por fin nos presentaba  sus medidas: económicas y políticas. ¿En qué se concretan? Bueno, por lo que a las económicas se refiere, consisten muy fundamentalmente en insuflar aire al ladrillo, para ver si lo resucitamos, que está contrastado que asienta las bases de un modelo económico de futuro. Ello aderezado con bajadas de impuestos para pymes sin concretar. Sin concretar no ya esa rebaja fiscal (que también) sino cómo piensa compensar esa detracción de ingresos para el erario público y, al tiempo, luchar contra el déficit, otra de sus grandes cruzadas. Aunque sobre esto del déficit algo apunta. A las CC.AA., como fuentes de nuestros males, se las debe meter en vereda a base de ley. Se ve que su partido no gobierna en ninguna CC.AA. que se haya pasado la vigente normativa al respecto por el forro del Estatuto de Autonomía. Ah, que no se me olvide. Prorrogaría la vida útil de Garoña, no vaya a ser que nuestro mix energético se vaya al garete sin la aportación de sus 460 Mw. No sé qué es más triste, si introducir esta medida en el top ten de su plan económico de salvación o que no tenga el arrojo político de apostar abiertamente por la energía nuclear.

Hablando de arrojo político. Sus medidas polítcas: un gran pacto político nacional sobre el modelo de Estado. Que seguro que no hay nada que nos guste más a los españolitos, que PP y PSOE se pongan de acuerdo sobre temas capitales, sea el modelo de Estado, la educación o que el sol se pone por el oeste. Pero hace falta pedagogía, que se dice. A ver si los españolitos asimilamos de una vez que el requisito sine qua non para que haya pactos es que el PP esté en el poder.

Más curisosidades. Habla de despolitizar la Justicia, ¡como si él no hubiera tenido nada que ver en el asunto! O que derogaría la actual Ley del aborto... aunque reinstaurando la antigua. O sea, que no es un problema de fondo, sino de quítame allá esos permisos paternos. Eliminaría también el cánon digital a cambio de sustituirlo por un sistema más justo de protección de los derechos de autor. ¿Cuál? Se ve que todavía no lo tiene definido del todo, por aquello de que quizá lo hubiera propuesto ya en el Parlamento durante el debate de la llamada Ley Sinde.

En fin. Desde mi punto de vista, lo de siempre. Un poquito de populismo y ninguna propuesta, no vaya a ser que la liemos con lo bien que va la cosa.

Las elecciones las pierden los Gobiernos, no las gana la oposición. Es una regla que se cumple casi siempre. Zapatero ha decepcionado a mucha gente que no tiene ninguna intención de votarle. Algunos, incluso, quizá podrían sentirse atraidos por Rajoy. Pero debería ofrecer algo más que eso de repetir machaconamente "generamos confianza".

Pero es más cómodo esperar, cabalgar la crisis tumbado, leyendo las encuestas y sin levantar mucho la voz, sólo para repetir los eslóganes que le han escrito sus asesores... de márketing. Todo para que cuando en 2012 llegue el momento de las urnas, gane por incomparecencia de una buena parte de los electores. Eso sí que va a ser una cosa verdaderamente notable.

jueves, 11 de noviembre de 2010

EQUO ya está aquí

Una mezcla de falta de tiempo, cosas interesantes que contar o reflexiones inmediatas que hacer, todo ello sazonado con un poco de pereza y amateurismo, han hecho que no haya escrito un nuevo post en una buena temporada. Pues bien, aprovechando el hilo argumental que dejó una de las entradas anteriores, retomo la tarea.

Recordareis que comentaba (se pudo leer, incluso, en los papeles) que algo se movía en el "colectivo verde" patrio, que parecía estar planteándose aglutinar las muy diversas sensibilidades que lo componen al objeto de poner en marcha un movimiento social que capitalizase en términos políticos la conciencia medioambiental que, de hecho, existe entre la ciudadanía española. Este movimiento, cuyo rostro visible es Juan López de Uralde, ha tomado forma finalmente: Equo.

Sé que no estoy contando nada nuevo (tampoco esto es un medio informativo, más allá del hecho de que un blog puede contribuir a ampliar un poquito la difusión de la información comentada), pero mucha gente no tiene por qué conocer una noticia que, entiendo, es muy relevante.

Equo (el nombre es un "regalo" de Fernando Beltrán, poeta y "nombrador" o creador de marcas como Opencor, Amena o Faunia) nace como una fundación con la que, previsiblemente, comenzar a hacer un poco de ruido e ir creándose un espacio propio. Pero el objetivo final no es otro que constituirse en un partido político con el que concurrir a las próximas elecciones generales, en las que parece que se quieren fijar como objetivo alcanzar el 10% de los votos.
Este objetivo, ciertamente ambicioso, les colocaría como una potente tercera fuerza política. Aunque difícilmente realizable, es bueno que empiecen poniendo el listón muy alto. Si esta plataforma nace con el objetivo declarado de dar visibilidad a posturas que la crisis parece haber condenado al ostracismo, hay que ser ambiciosos y huir de planteamientos que se aproximan a la irrelevancia a la que, precisamente, se quiere combatir.

Una tercera fuerza política con un peso electoral así sería no relevante, sería decisiva. Y sus postulados tendrían que ser muy tenidos en cuenta por la fuerza política que formara gobierno, un gobierno que probablemente abriría sus puertas a un socio tan importante. Todo ello tomándonos en serio esta declaración de intenciones y obviando por un rato nuestro sistema electoral.

Pues bien, desde mi punto de vista habría dos grandes reflexiones que hacer:
- La primera es que una fuerza política que aspira a obtener un 10% de los sufragios en unas elecciones generales empieza a transitar por territorios más próximos a los de una fuerza mayoritaria que a los de una minoritaria, representando valores que han sido secundados por un número nada despreciable de los votantes.
- La segunda, sería una consecuencia de lo anterior. No hay fuerza política que, agarrada únicamente a una serie de objetivos parciales y sectoriales, pueda alcanzar un resultado electoral con un peso decisivo. Es decir, mi opinión es que enarbolar la bandera del ecologismo no es suficiente para dar el salto de la irrelevancia política a ese 10% de los sufragios.

Que Equo tenga como punto de partida la defensa de los postulados medioambientales es un buen comienzo, especialmente teniendo en cuenta que estos valores cada vez se encuentran más extendidos entre la sociedad española y son  asumidos con mayor naturalidad por sus ciudadanos, desde luego ya no se ve como algo "exótico", como un lujo planteado por unos cuantos iluminados sin otra forma mejor de llamar la atención. Poco a poco el valor de "lo verde" ha ido calando en el mainstream, pero ello no será suficiente para que su mensaje cale entre una mayoría.

Por eso me parece muy acertado que Equo se asiente sobre otro pilar: el de la defensa de la equidad social. Equidad social es un objetivo global que alberga dentro de sí no sólo medio ambiente. Es un concepto transversal sobre el que puede pivotar todo un modelo de entender la gobernanza, y que alcanzaría todos los ámbitos de la política y la economía.

Por ello creo que presentarse (o dejar que el resto de partidos políticos, prensa y opinadores lo hagan) bajo la etiqueta de "partido verde español" sería un grave error, en la medida en que reduciría sus opciones y expectativas, y se estaría renunciando a la posibilidad de ocupar un espacio político más amplio actualmente huérfano, y que no queda circunscrito a la defensa del medioambiente sino que incluye valores de equidad, justicia y progreso social. Y sostenibilidad, claro que sí.

A las dos reflexiones anteriores cabría sumar una tercera, relativa a la posibilidad real de capitalizar el desencanto que la crisis, nuestros políticos y sus políticas (o ausencia de ellas) está provocando entre una parte importante del electorado que quizá decida no quedarse en casa en los próximos comicios si se le ofrece algo nuevo, alternativo, bien estructurado, cercano y real.

Bienvenido sea el pluralismo.


Manifiesto Equo